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febrero 17, 2011

Las bases biológicas de la emocionalidad.


De qué manera se relacionan nuestro cuerpo y nuestra mente? De dónde surgen y cómo se producen las sensaciones corporales que experimentamos ante ciertos estímulos o recuerdos? Hasta qué punto incide nuestro estado de ánimo en nuestro sistema inmunológico y en nuestro entero funcionamiento vital?

Tales algunas de las preguntas que nos formularemos, procurando ensayar algunas respuestas a partir de investigaciones desarrolladas en años recientes en el área de las así llamadas “neurociencias”.

NUESTROS PENSAMIENTOS COMO DISPARADORES DE EFECTOS ELECTRICOS Y QUIMICOS.
Tal como ha sido ya fehaciente y exhaustivamente comprobado por las ciencias del área, cada pensamiento que tenemos, cada idea que generamos dispara una serie de efectos eléctricos y químicos en el interior de nuestro organismo, efectos que parten básicamente del hipotálamo como centro de la autorregulación biológica por excelencia.

De hecho, el hipotálamo tiene a su cargo la regulación de la temperatura, la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la ingestión de agua y alimentos, los ritmos circadianos (como el del sueño) y circmensuales (como el de la menstruación), y es el “gobierno supremo” de las hormonas y la defensa inmunológica. Y –además- es la farmacia más sofisticada del universo.

En efecto, en el hipotálamo se producen unas pequeñas secuencias encadenadas de aminoácidos llamadas péptidos (los más conocidos son las endorfinas, las dopaminas, la serotonina, la norepinefrina). Y cada pensamiento desata la producción y emisión de un cierto neuropéptido que inmediatamente invade nuestro organismo generando su correspondiente sensación. Pensamiento, sensación y emoción se encuentran lógicamente concatenados. Y existen sustancias químicas para el enojo y para la tristeza, para la victimización, para la lujuria, para cada estado emocional que experimentamos.

En otros términos, y parafraseando a la Dra. Candace Pert, a cuyos trabajos aludiremos más “in extenso” un poco más adelante, los péptidos son las hojas de música que contienen las notas, las frases y los ritmos que permiten a la orquesta, que es el cuerpo, tocar como una unidad integrada, y la música resultante es el tono o sentimiento que uno experimenta como una emoción.

Y ello acontece porque cada una de las células del cuerpo tiene miles de receptores tapizando su superficie como abriéndose al exterior. Cuando un péptido encaja en una célula a la manera de una llave que encaja en una cerradura, envía una señal a la célula activando una cascada de acontecimientos bioquímicos.

Pero hay más, mucho más. La ya citada Dra. Candace Pert, del National Institute for Mental Health, autora del libro “Las moléculas de la emoción” (entre otros) ha consagrado su vida al estudio de los neuropéptidos. (De hecho fue ella quien junto a Sol Snyder descubrió la existencia de receptores opiáceos en las células, lo cual condujo a un trabajo pionero –y revolucionario- en el área de las adicciones.) Junto al inmunólogo Michael Ruff, la Dra Pert comenzó luego a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del sistema inmunológico”: el macrófago.

Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, que se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando cualquier cosa extraña como virus o bacterias. Y como resultado de tales estudios descubrieron que casi todo neuropéptido podía adherirse al macrófago y cambiar, para bien o para mal, su velocidad y efectividad. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producen diferentes neuropéptidos, y si cada neuropéptido tiene un efecto diferente sobre el poder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo pueden influir sobre el modo como los macrófagos combaten una enfermedad. Pert y Ruff han venido estudiando esta idea mediante la medición de la actividad de los macrófagos en personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. Hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y cada uno por separado, así como cada combinación de ellos, afecta de manera un poco diferente la actividad del sistema inmunológico.

Ello nos conduce naturalmente a los dominios de la psiconeuroinmuno-endocrinología (en adelante PNIE), disciplina que refiere a la relación entre la psique y los sistemas nervioso, inmune y endócrino que acabamos de esbozar. Fritjov Capra en su libro “The Turning Point” sugirió que estamos inmersos en el proceso de cambiar el modelo básico generalmente aceptado de la Medicina occidental moderna. Y ello es lo que propone la PNIE: El nuevo paradigma se aleja de los conceptos relacionados con la base cartesiana-newtoniana que subyace al presente pensamiento médico y está basado en cambio en una comprensión más completa del universo, aquella sustentada por los principios de Albert Einstein, Werner Heisenberg, Niels Bohr, David Bohm … : todos los sistemas se interconectan.

Los tres sistemas (nervioso, inmunológico y endocrino) se encuentran en efecto interconectados mediante moléculas mensajeras (citoquinas) mediante las cuales emiten y reciben información hacia y desde cada uno de los otros dos sistemas.

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