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junio 26, 2011

Las expresiones emocionales: universales o culturales?

Casi hasta la mitad del siglo XX el tema del lenguaje no verbal sólo había ameritado algunos estudios puntuales, entre ellos la obra de Charles Darwin “The Emotions in Man and Animals”, de 1872, que además fue uno de los primeros libros ilustrados con fotografías, incluyendo siete placas de heliotipo (obra que pese a los temores de su editor John Murray por su costosa producción resultó ser muy popular convirtiéndose en un auténtico “best seller” de su tiempo).

Darwin postulaba la tesis de la universalidad de las expresiones faciales emocionales; en otros términos, que los movimientos musculares del rostro que corresponden a ciertas emociones básicas son inherentes al género humano, más allá de etnias, género, edad o cultura. Tesis que fue posteriormente cuestionada por la antropóloga Margaret Mead así como por su discípulo Ray Birdwhistell y re-puesta en valor más recientemente por Paul Ekman, cuyos estudios han venido consistentemente corroborando la tesis darwiniana.

Básicamente las preguntas que Ekman se formuló eran: ¿Son las expresiones faciales emocionales idénticas para todos los seres humanos? Cuando una persona experimenta temor o alegría, ¿presentará la misma expresión facial independientemente de su origen, raza o cultura?¿Podemos entender las expresiones faciales de alguien cuyo lenguaje nos es desconocido sin necesidad de tener que concurrir a ninguna escuela de lenguaje facial donde se nos entrene para decodificar el sentido de esas señales dentro de una específica cultura? Si así es, ¿implica ello entonces que la manifestación de las expresiones faciales ligadas a la emocionalidad nos viene genéticamente dada como seres humanos?

Como ya adelantáramos, la respuesta de Darwin a todas estas preguntas no había sido otra que un rotundo “Sí”, tal como lo consignó en su obra, ya mencionada, “The expression of the emotions in man and animals”·de 1872. Pero cierto es también que durante buena parte del siglo XX este libro de Darwin fue ignorado y olvidado y los científicos sociales y conductuales sostuvieron en cambio la teoría de que lejos de ser universales, las expresiones faciales emocionales eran específicas de cada cultura.

En su momento, Ray Birdwhistell (formado en la línea del relativismo cultural de Margaret Mead) cuestionó los primeros estudios de Paul Ekman, postulando que en todo caso las eventuales homogeneidades de expresión encontradas respondían a los intercambios y aprendizajes culturales de las personas involucradas. Como la única manera de responder a dicho cuestionamiento consistía en efectuar estudios sobre gente que no hubiera estado expuesta al impacto de los medios masivos de comunicación, los estudios de Ekman y sus asociados se dirigieron a la evaluación de comunidades absolutamente aisladas, de desarrollo análogo al de neolítico y obviamente prealfabéticas de las tierras altas de Papúa - Nueva Guinea. Estudios que lejos de invalidar, corroboraron los resultados ya obtenidos en culturas alfabéticas u occidentales más “cercanas”.

Cuando el psicólogo James Russell sugirió que tal vez de alguna manera los investigadores podían haber influido en las respuestas obtenidas al efectuar la evaluación dada su propia adhesión a la tesis que se trataba de probar, la única solución posible parecía ser la realización de idénticas comprobaciones por parte de personas antagonistas de la teoría. Y tal fue lo que hicieron el antropólogo Karl Heider y la psicóloga Eleanor Rosch quienes se dirigieron para ello a otro grupo aislado en la parte occidental de Nueva Guinea, para llegar no obstante a la misma conclusión ya derivada de los estudios de Ekman y Friesen. Es decir, adhiriendo como adherían a la postura de la “no-universalidad”, Heider y Rosch vinieron a encontrar significativa evidencia de la universalidad que estaban tratando de invalidar.

En 1973, Paul Ekman publica su libro “Darwin and facial expression”, sintetizando sus descubrimientos en estos tópicos y Margaret Mead, entonces, formula otra serie de objeciones que dan lugar a nuevos estudios ampliatorios de la teoría. Así pues, ésta va refinándose hasta especificar, por ejemplo, que si bien los seres humanos vendrían dotados de un bagaje genético para la expresión corporal de emociones básicas, alegría, tristeza, enojo, miedo, sorpresa, disgusto, desprecio, en todo caso el componente cultural adquirido pasaría por los segmentos previos y posteriores a la expresión en sí. Esto es, en cuanto al segmento previo, en la definición de los disparadores de la emoción (elementos que pueden resultar disparadores de emoción en una cultura podrían no serlo en otra en función de diversas pautas, desde valores y actitudes hasta usos y costumbres) y en cuanto al segmento posterior, en las pautas que dictaminan cuáles emociones, hasta qué punto y de qué manera deben ser socialmente “administradas”, controladas, manipuladas o enmascaradas.

En otras palabras, existen sin dudas elementos panculturales (o universales) en cuanto a la expresión emocional de la afectividad. Sin embargo, las reglas que hacen a su exposición pública sí son variables culturalmente e incluyen su desintensificación o intensificación, neutralización o enmascaramiento.

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